ESCOLARIZACIÓN OBLIGATORIA ¿Una cuestión de calidad o cantidad?
Enrique Guerrero Navarro
Recientemente el Ministro de Educación, Ángel
Gabilondo, lanzaba a la opinión pública la
posibilidad de que el Gobierno español extienda la
educación pública hasta los 18 años.
Desconozco las motivaciones que el Ministro tiene
para plantear una nueva reforma educativa de este
calado, pero parece lógico que dada su magnitud, la
necesidad de esta reforma debería estar debidamente
justificada, argumentada y basada en un riguroso
análisis de la situación de la educación en la
actualidad. Y que en este análisis participasen, de
forma muy activa, los profesores (normalmente
olvidados a la hora de plantear estas iniciativas).
A día de hoy los alumnos deben permanecer en el aula
de forma obligatoria hasta los 16 años. Pero la
realidad demuestra que muchos de ellos se
desvinculan del sistema antes de alcanzar esta edad.
Y que no titulan en Secundaria un treinta por ciento
del alumnado. Casi uno de cada tres alumnos no
obtiene el título de E.S.O. al finalizar la
enseñanza obligatoria. Y para el setenta por ciento
restante el nivel de conocimientos adquiridos es muy
inferior al de épocas recientes, dados los problemas
de conducta que en el aula provocan los alumnos más
desmotivados
.

¿Cómo será la situación si la obligatoriedad se
lleva hasta los 18 años? ¿Qué tipo de formación se
prevé impartir en este periodo? ¿Se implantarán
adaptaciones curriculares u otras medidas de apoyo?
¿Serán los institutos guarderías de potenciales
parados? Porque la edad mínima para la incorporación
al mercado laboral deberá, en consecuencia,
incrementarse, privando de la posibilidad de
socialización a través del trabajo a aquellos
alumnos cuya motivación y resultados académicos no
les permitan finalizar con éxito su periodo de
escolarización.
Conceptualmente la posible reforma contiene
elementos muy positivos. Destacaría entre ellos el
reforzamiento del principio de igualdad de
oportunidades, ya que ningún alumno abandonaría
prematuramente la educación por motivos económicos.
También ayudaría a incrementar el nivel formativo
del conjunto de la población, aspecto de vital
importancia en las sociedades modernas.
Por tanto no se debería renunciar en cualquier
reforma futura a estos y otros aspectos conceptuales
muy positivos, pero tampoco olvidar en ningún
momento que la situación actual presenta déficits
muy importantes y de carácter estructural.
Los recursos del Estado son limitados. Si bien
cualquier gasto realizado en educación debe
considerarse una inversión, no puede considerarse
efectiva ni socialmente rentable una tutela a
jóvenes que no desean, al menos en ese periodo de su
vida, continuar con su formación. La importante
inversión pública que supondría la reforma planteada
podía ser empleada para:



· Estudiar las causas del fracaso y abandono
escolar, para consolidar el sistema actual y
conseguir que una amplia mayoría del alumnado llegue
a titular y alcance un nivel académico superior al
que hoy obtiene.
· Dotar al sistema educativo de los medios
personales y materiales necesarios para este fin.
· Ampliar la oferta formativa pública para
todos los alumnos que lo deseen, sin carácter
obligatorio y facilitando las becas necesarias para
que ninguno de ellos abandone la enseñanza por
problemas económicos.
· Adaptar esta oferta formativa a las
demandas del mercado laboral, para que los alumnos
que a corto o medio plazo quieran incorporarse a él
puedan hacerlo con un buen nivel de capacitación.
En definitiva, en mi
opinión, un mayor periodo de escolarización
obligatoria no garantizará de ninguna manera una
mejor formación académica ni personal. Esta se
logrará mejorando notablemente el actual sistema
educativo y ampliándolo si se considera necesario
para todos aquellos que estén en disposición de
seguir formándose. Una apuesta por la calidad frente
a la cantidad.
Artículo publicado por
Enrique Guerrero Navarro